martes, 30 de noviembre de 2010

483 AÑOS DE SOLEDAD


Publicado en el Diario La Mañana el día 30/11/2010

Macondo llegó a ser una pequeña aldea de 20 casas fundado y poblado por los Buendía y otros vecinos. Todo estaba lleno de amistad y felicidad y nadie había muerto hasta entonces, pero esto cambio totalmente con la llegada de medios externos los cuales van transformando lentamente sus vidas, como la aparición de un gitano llamado Melquíades con quien inicia la perdición en Macondo. Su destrucción es ineludible, fatal ya que al final el pueblo desaparece de la misma forma como apareció: de la más absoluta nada.
Bien pudiera el Nobel Gabriel García Márquez aunque confeso admirador de este régimen, recrear una nueva novela sólo con dejarse pasear por la agonizante ciudad de Coro.
Coro es una de las ciudades más antiguas de Venezuela. Fundada en 1527 por Juan de Ampíes hoy en día aún conserva gran parte de su historia. En efecto, en el viejo casco colonial se puede ver lo que queda de muchas de las construcciones de la época, lo cual le han valido a Coro y su puerto, la Vela, el ser nombrada por la Unesco "Patrimonio cultural de la humanidad" en 1993, que no sé porqué sobrenatural razón no ha perdido todavía.
Pero lamentablemente ha estado muy lejos de ser querida por sus gobernantes y de alguna manera por sus habitantes (obviamente con sus contadas excepciones) quienes con su silencio cómplice han permitido la mengua de esta ciudad preñada de una extraordinaria cultura.
En Coro han habido personas que como Monseñor Iturriza por citar un ejemplo, que no siendo oriundo de esta ciudad, dieron el todo por el todo para impulsar el lento progreso que hoy pareciera que le hubieran puesto marcha atrás y sin frenos desde que por última vez al son de “A mi tierra querida yo le canto”, en tiempos de José Curiel le dieran una buena remozada.
Una ciudad que a punta de trancazos venía pujando por salir del atraso y la desolación, donde con empeño un puñado de hombres y mujeres comprometidos lograron crear un Banco, una Universidad, un Instituto Tecnológico para que los hijos de esta primogénita capital no tuvieran que emigrar a otros Estados para alcanzar un mejor futuro.

Pues bien, económicamente deprimida, sucia, con las calles destruidas, su casco histórico devastado, cerros de basura en las calles y urbanizaciones, cada vez peores servicios públicos, sin contar que es una de las poquitísimas ciudades en Venezuela que todavía carece de servicio de gas por tubería, con el agravante del suplicio que representa conseguir una bombona de gas doméstico. No cabe duda que tuvo que haber llegado a esta ciudad una suerte de “Melquiades” con su maldición gitana debajo de brazo.

Como si fuera poco la inclemencia de la naturaleza hizo estragos acabando con más de una veintena de casas (irónicamente la misma cantidad con las que se fundó Macondo), dejando afectadas a más de cuatro mil personas y un panorama tan desolador que pudiera ser digno para que Oliver Stone (también confeso admirador de este régimen) reedite algunas escenas de su película “Pelotón sobre Vietnam”.
Buena excusa para que los Melquiades puedan una vez más echarle la culpa de todas estas calamidades al imperio mismo o a la jauría de escuálidos cuartorepublicanos, apátridas, burgueses insolentes que conspiran para que esta suerte de Macondo desaparezca de la misma forma que apareció.
Ojala que el discurso oportunista repetido cada vez que nos cae una desgracia: “tenemos que unirnos como hermanos, sin distingos de ideas y colores para hacer frente a esta calamidad” se mantenga en el tiempo más allá de la crisis, para así como en otrora lo hicieron dirigentes y dirigidos para conseguir una Universidad, un Banco y un Tecnológico, podamos mancomunar esfuerzos dirigidos a oxigenar y darle vida a esta ciudad que 483 años después agoniza pero se resiste a morir en soledad.
Dice un adagio popular que cada pueblo tiene los Melquiades, perdón, los gobernantes que se merecen, pues yo me niego a creer que los Corianos y los Venezolanos en general, nos merezcamos semejante barbaridad.


Jorge Olivares Acosta

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